Acto Fallido

Acto Fallido

Vivo en el centro de Madrid. Mi calle en los últimos años ha perdido brillo: cada vez hay menos farolas y las que hay las encienden al tresbolillo. Debe ser para ahorrar, que ya sabemos que a nuestra Mrs. Bottle la ecología no le quita el sueño. Y no voy a hablar de la creciente costra de mugre que cubre las aceras porque la mierda no influye en este relato… La falta de luz sí.

El jueves pasado sobre las 23h voy caminando hacia casa después de un bolo. Estaba ya en mi calle tristemente iluminada y especialmente vacía para ser un jueves de Malasaña. Ritmo cansino y con esa laxitud en los miembros de saberte cerquita del sofá.

Camino por la acera de la izquierda y a mi altura solo hay una entrada de parking cerrado, seguida de una tienda de galletitas caninas caseras, también cerrada a estas horas. Aunque con la gilipollez que impregna Malasaña cualquier día la tendrán abierta de guardia para los antojos de las perras embarazadas.

En la acera de enfrente hay un muro que ocupa casi toda la manzana.

Es el Colegio María Inmaculada: una congregación de monjas con su centro privado de educación secundaria, su iglesia correspondiente y una residencia para jóvenAs. Acabo de consultar el nombre de dicho complejo para vosotr@s, porque para mi siempre ha sido el muro de “joder las monjas, el palacio que tienen en pleno centro de Madrid”.

No es solo un muro. A este lado dan 3 plantas de balcones de la residencia de chicas. Bueno, en la planta baja no son balcones, pero son del mismo tamaño. Supongo que en su momento optaron por convertirlo en ventanas con barrotes, para poder dosificar la caridad que prestaban y que no se la sirviera cada uno a voluntad.

Total que en ese punto de la calle, con ese nivel de cansancio y esa visibilidad reducida, oigo una voz ronca de mujer suplicando: “socorro, ayúdame, sácame de aquí”.

Hos-tiá (con guión y acento).

Giro la cabeza hacia el otro lado de la calle y me encuentro con uno de esos ventanales abierto de par en par y una chica en camisón blanco con los brazos extendidos hacia mi entre los barrotes. Y para completar la escena: luz apagada pero con velita de fondo y una melena negra cubriéndole la cara.

¡La madre que la tiró de las patas! No me santigüé de milagro.

Claro, una jóvenA de la Residencia jugando a provocar infartos. Me dí cuenta enseguida, en cuanto escuché a sus compañeras de fondo aguantándose la risa.

Con la oscuridad ni se notó que me había quedado sin sangre en la cara: gracias Mrs. Bottle.

Muy juvenil yo e intentando congeniar con las “chavalitas”, les contesté en un tono risueño: “¡Buenas noches, jajaja!”.

Y justo después, cuando me bajaron las pulsaciones, me hizo gracia de verdad.

Me pareció tiernísimo que las chicas se divirieran así, en lugar de estar a la fresca en alguna terracita del barrio, porque seguramente tienen toque de queda impuesto por esos valores cristianos de los que presumen en la web de la residencia. En el fondo era un acto de rebeldía precioso sacar su camisón practicamente a la calle, a la vista de cualquier ateo. Seguramente ellas se sientan a salvo del adoctrinamiento y les provoquen risa las típicas consignas del tipo “compórtate con decoro”, “tienes que darte a valer”, “los hombres tienen otras necesidades”. Y seguramente se sientan capaces de hacer su vida, porque “total, solo vivo aquí para que mis padres me dejen en paz”.

Pero en ese momento deseé de corazón que toda esa mierda no les calase. Siempre creemos que está superada y siempre vuelve para sorprendernos.

Socorro, ayúdame, sácame de aquí.

Sí, definitivamente no era una broma, era un acto fallido.

La película de terror no era para los de fuera, sino para las de dentro.

Vista colegio inmaculada